El camino a las nubes

El paso del Inca en Perú es uno de los lugares más espectaculares del mundo. El relato del ascenso hacia las míticas ciudades.

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El inmenso lomo de las piedras se une con impecable perfección. Sus lados, ángulos y molduras parecen obra de una ingeniería del siglo XXI, no del 1400. “Perfecto, ¿verdad?”, asegura Pepe, un joven estudiante de turismo y guía en Cusco. “Por eso decimos que éste es el muro de los incas, y este otro –señala la pared contigua y colonial que se está desmoronando–, el de los inca-paces.”

 

Allí, en la mítica ciudad imperial, recorremos calles sin veredas donde apenas pasan autos pequeños e importados, pues es imposible que otros vehículos transiten por su estrechez. Todo es historia y piedra aquí, desde los murallones que hicieron famoso al inca, a las bellas y violentas iglesias cristianas, construidas por encima de los sitios sagrados de ese pueblo conquistado. Las pinturas de arte cusqueño actual, los balcones de madera labrada donde se come la trucha y el ceviche, y los mercados callejeros son el punto de partida para iniciar la travesía por la atávica cordillera peruana.

 

 

Escalera al cielo

 

 

Nada mejor en pago ajeno que una buena recepción. En La Posada de Atahualpa, a siete cuadras del centro histórico, nos recibe César Tapia Montero, administrador y guía cusqueño que nos introduce en la historia del imperio, de sus colosales caminos y su refinamiento a la hora del manejo edilicio, agrícola, hídrico y climatológico.

 

Desde allí iremos a ver a los amigos de Cusco Explorer, empresa con años de experiencia en el Camino del Inca y que nos ha prometido una travesía inolvidable desde la propia Buenos Aires. “Es duro, algunos hasta lloran y se quieren volver”, nos asegura Paola, recepcionista de la empresa y también guía. Tras la explicación del equipo necesario y de los 42 km que caminaremos nos vamos ansiosos por pisar esas escaleras míticas que supieron conectar a los incas no sólo a través de la montaña, sino por la costa, los valles y las laderas desde el norte argentino-chileno a Colombia.

 

 

El día uno

 

 

Arranca temprano, ya que hay que recorrer en tren unos 90 km hasta Ollantaytambo, al noroeste de la ciudad, previo paso por Chinchero, Urubamba y Piscakucho, y donde el paisaje se puebla de campesinos, casitas de barro, llamas, ovejas y sembrados relucientes por la temporada de lluvia que pronto sufriremos.

 

En el Km 82 comienza el Valle Sagrado de los Incas. Aquí se agrupan los prestadores, y la muchedumbre da cuenta de la cantidad de visitantes que surcan estos senderos desde que se ha consagrado a Machu Picchu como Nueva Maravilla del Mundo.

 

Nuestro grupo está formado por tres canadienses (Brian, Erika y Rebecca), dos brasileños (Janaina y Daniel), una singapurense (Peck Sun) y otra argentina (María Clara Martínez), además de Yuri, nuestro guía, y los porteadores que acompañan cargando carpas, garrafa, vajilla y cuanto sea necesario para el viaje.

 

Allí, quizá, surge la única crítica que pueda hacerse: pese a ser vitales para la comodidad y supervivencia de los visitantes, los porteadores se mantienen ajenos. Nos sirven con timidez y distancia, mientras acompañan al grupo siempre aparte, y recién la última noche se presentan ante los pasajeros, en una ceremonia que concluye con nuestras gracias y una propina. Aunque está regulado (una nueva ley prohíbe que carguen más de 20 kg por persona, y debe entrar un porteador por cada visitante, lo que asegura la continuidad laboral), su trabajo es duro e incomoda verlos cargar como mulas cada petate. Apenas si hablan castellano, y es difícil ver sus rostros curtidos y sus vestimentas y no pensar que la historia poco ha cambiado.

 

 

Primeros pasos

 

 

La caminata se inicia al fin, atravesando el puente por donde el Urubamba golpea las piedras violentamente en su viaje demencial hacia el Amazonas. Un presagio de la travesía: todo será exuberante y poderoso. Las primeras horas muestran paisajes y vegetación muy propios de la cordillera andina, con sendero de tierra, puesto que la obra Inca no está terminada. Un primer indicio, como nos menciona el guía, para creer que Machu Picchu fue abandonada abruptamente tras la llegada del español. Brian, Erika, Rebecca y Pec Sun son los más asombrados, y es posible imaginar que en la fría estepa canadiense y en la coqueta Singapur nada de esto se vea.

 

La primera parada, después de una hora de caminata, nos deja en las ruinas de Miskay, un pequeño grupo de paredes de pirca desde donde puede verse la imponente ciudadela de Llaqtapata, lugar de ceremonia, con terrazas productivas y un presunto calendario solar. No entraremos, porque sólo es posible visitarla si se realiza el viaje en tren, pero en cambio la observamos desde arriba y admiramos maravillados la vista de los andenes para el sembrado de maíz y quínoa, y la pequeña población que vive allí sus días frente a semejante monumento. Antes de salir oímos y vemos al Perú Rail Expedition, el tren que atraviesa el valle junto al Urubamba como una serpiente frenética y azul.

 

El camino continúa por un bosque de eucaliptos, previo paso a las ruinas de Qoriwayrachina (Km 88), donde los altares de piedra exhiben imágenes esculpidas utilizadas por los antiguos pobladores para ceremoniales religiosos. El tranco sigue su paso al primer campamento en Wayllabamba, donde descubriremos la maestría de Nicolás y su grupo para armar y desarmar carpas en instantes, mientras el chef prepara arroz, quínoa, bifes y ensalada.

 

Llega así el merecido descanso y los primeros intercambios en castellano, portugués, inglés y mandarín, para caminar largo rato más al abra. Cuesta arriba se presenta el valle de Cusichaca, y la unión de su río homónimo con el Llulucha. Aún el camino parece parte de un poblado, y cada tanto nos cruzamos con puesteros, cholas y burros, hasta el campamento en Llulluchapampa, a 3.850 m.

 

Nuestro campamento se ubica justo entre las dos cuestas que atravesaremos en el día dos. El frío se combate con sopa caliente y cilantro, y el juego de cartas muestra la destreza de Yuri. Aún creemos que nos ha hecho trampa más de una vez, pero nadie puede quitarle el primer puesto en el “Uno”, en el “Culo sucio” y en una extraña versión peruana del “Chancho va”. La noche llega al fin, y con lluvia, pero las bolsas de pluma parecen una cama de un hotel cinco estrellas, y en ellas nos rendimos.

 

 

En lo más alto del camino

 

 

A las seis amanece y vemos el blanco esplendor del nevado Verónica (5.682 m), una postal que disfrutamos en el desayuno, sin saber que poco después nos traerá una sufrida sorpresa: las escaleras del segundo día, tan empinadas e interminables que recordamos aquello de “llorar y querer volver”. Pero el amor propio nos deposita, cinco horas después. en la cima de Warmi Wañusca (“Mujer Muerta”), a 4.200 m, el punto más alto del Camino Inca.

 

Plagado de diferentes microclimas y donde la selva muestra su esplendor por medio de helechos gigantes, orquídeas salvajes y lianas que cruzan las escaleras, escalón tras escalón, nos topamos con otros grupos, y sólo hay lugar para la queja y la mirada fija en el abra.

 

Aquí tenemos un coffee break, que no es más que un momento para comer cereales, chocolates y respirar todo lo que se pueda para enfrentar el viento helado de la bajada con las rodillas a la miseria. Dicen que antiguamente esta zona era preferida por comerciantes y contrabandistas por su difícil acceso, pero para todo hay dos o tres versiones, y uno puede adaptarla a su gusto. Poco después, congelados, llegamos al campamento de Pacaymayu, donde comeremos y beberemos como la última vez antes de rendirnos al sueño.

 

En el tercer día, el denso bosque tropical será el protagonista, embelleciendo con orquídeas y musgos de colores esas benditas escaleras que admiramos y odiamos a la vez. Túneles incas que entran al corazón de la montaña, paredes de piedra de hasta siete metros sobre y bajo el camino, y puentes sobre arroyos nos conducen a Runkurakay, una estructura circular copia del símbolo inca más visto, en honor al dios de la medicina y donde, aseguran, sólo hubo sacrificios de llamas.

 

Un rato después estamos en Sayacmarka (“lugar escondido”), plantado como un islote en medio del valle de altura. Allí descansamos, y vemos la fantástica obra hídrica que traía de la montaña el agua y la paseaba bajo la piedra, sin desperdiciar ni una gota en su viaje por el interior de la pequeña ciudacita.

 

El camino debería seguir a Phuyupatamarka (“Ciudad sobre las nubes”), templo con reservorios de agua y alimento, y puestos de observación que aparentemente fueron parte de un observatorio astronómico. Pero no lo haremos. Ha habido un derrumbe días atrás y eso ha impedido acampar cerca, así que esperamos la última noche mateando.

 

 

A Machu Picchu

 

 

El día final empieza de noche, a las 2:40 AM, para recuperar el tranco perdido. Desayuno y a bajar escaleras de 30 cm por escalón, con una linternita que no hace buen contacto. Allí recordamos la cara del vendedor diciendo: “Esta es imbatible”. Además, llovizna. “Lindo final”, dice el guía, y agrega: “Vamos que ya casi”, posiblemente para ocultar la pendiente de 75 grados que sobreviene, y será otro recuerdo de los buenos. La tupida selva obliga a caminar con pies y las manos, balanceando la moch

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