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Variada en los alrededores de Puerto Piracuá

Dorados, pacú, bogas y surubí fueron el resultado de una salida bastante entretenida al Paraná. Pesqueros santafecinos son muy rendidores. Galería de imágenes.

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Quietos! ¡No lancen! ¡No se muevan! ¡No respiren!”, dijo Alexis desde la plataforma de proa de la lancha. “¡Quietos por favor!”, volvió a pedir ya casi en un tono de súplica, mientras derivábamos por un Paraná muy bajo y con agua muy clara, tan limpia que dejaba ver nítidamente los bancos y veriles arenosos –que alternaban profundidades de 40 cm a no más de 1,5 m–, en un sector por donde el río discurría manso, sin prisa pero sin pausa, sobre los bancos de afuera del Piriputí, en el Paraná Medio. El casco plano de la lancha nos permitía pasar sin problemas los lugares de menor calado y el motor eléctrico de proa, además de la fuerza del agua, contribuía a movernos en forma silenciosa y eligiendo el rumbo.

Con Marcelo acatamos el pedido de quietud y miramos atentamente hacia donde Alexis dirigía el lance. Después del último back cast para cargar lo más posible la caña de mosca N° 7, la línea de flote desplegó armoniosa su loop hacia adelante y empujó la mosca para que cayera al agua desenvolviendo parsimoniosamente 1,20 m de líder de nailon y los 20 cm finales de cable de acero.
Bastaron tres o cuatro strips (tirones de la línea) para que viéramos surgir del agua semitráslucida a la bestia de frente. Una estela en “V” importante, y en el vértice, una cabeza robusta, ancha, amarillenta, empujando el agua y dejándose ver, con el desplazamiento pesado y seguro del predador que no tiene enemigos naturales y nadando en dirección a la mosca. Tal vez haya durado dos o tres segundos toda esa escena, hasta que lo vimos abrir las fauces, engullir el manojo de plumas coloridas y pelos de ciervo que en su interior escondían un filoso anzuelo 3/0.

Lo seguro es que durante ese corto lapso, no sólo no nos movimos ni respiramos, creo que tampoco nos latió el corazón. Cosa que sí empezó a hacer, y al galope tendido, cuando después de clavarlo comenzó la pelea.
Un dorado adulto, sano, vigoroso y en plenitud, prendido a la mosca es una de las experiencias de pesca más maravillosamente intensas que nos puede regalar el Paraná.
Los grandes naturalmente no saltan fuera del agua, a lo sumo cabecean o sacan medio cuerpo, pero en este caso, por tratarse de un sector tan poco profundo, la defensa del pez era la embestida, la corrida interminable buscando zafar.

Ver la vara doblada hasta el corcho en una indefectible situación de inferioridad y el backing (reserva) de 20 libras saliendo del reel a raudales y sin solución de continuidad, es algo difícil de olvidar. No perder la tensión ni el control, poder ceder sin ser excesivamente permisivo y rigorear sin llegar a que se rompa algo o se corte, el tiempo que haga falta, sin apurar demasiado ni cometer errores y la destreza puesta en juego en cada escaramuza, son cartas de un juego apasionante, donde la recompensa vale lo que pesa.

El combate final cerca del casco, los últimos embates y las manos sosteniendo ese manojo de músculos salvajes, ese torpedo forrado de escamas color oro. ¡Qué momentos! Luego las fotos para inmortalizar lo que de todas maneras ya es inmortal y la liberación del pez para coronar la exitosa faena. Son esos instantes mágicos, esos momentos épicos e imborrables que para el pescador no justifican algo, lo justifican todo.

Doradazo y a otra cosa

Estábamos pescando un poco aguas abajo de lo que alguna vez fue el importante Puerto Piracuá, y de lo que ya no queda nada. En cercanías de la desembocadura del arroyo homónimo, por donde a fines del siglo XIX y comienzos del XX se embarcaba la mayor parte de la madera de quebracho colorado para abastecer a la creciente red ferroviaria del país y el tanino para la industria mundial del cuero. “The Forestal Land, Timber and Railways Company Limited” (La Forestal Compañía de Tierras, Maderas y Ferrocarriles) o más conocida como “La Forestal”, fue protagonista de una época que dejó profundas huellas en la historia y la cultura de la región y del país.
Si bien habíamos pescado algunos dorados por la mañana, en la zona de correderas que va de la boca del arroyo La Carayá hasta El Laureltí, tanto con mosca como en bait cast y en spinning con señuelos de media agua, este último doradazo prendido en los bancos del Piriputí nos dejó más que satisfechos con la especie y nos dispuso a enfrentar nuevos desafíos.
Habíamos comenzado este relevamiento el día anterior intentando con el pacú y con una jornada completa de resultados negativos (solo dos ataques y un pique perdido), en un día desapacible de intensa búsqueda, que recién salvamos por la noche con un cachorro de surubí capturado con una anguila enfrente de la Isla Pelota. El cambio de condición climática y el éxito matutino con los dorados nos dejaba entrever que algo se había modificado y que se renovaban las expectativas.
Como nada aumenta tanto las chances de éxito como mantenerse pescando con entusiasmo, pusimos proa hacia el Cuatro Bocas (también conocido como El Caladero). Empleamos aquí cañas de 7 pies (2,10 m) y de no más de 20 libras (unos 9 kilos) de resistencia y reeles frontales y rotativos de bajo perfil cargados con nailon del 0,37 al 0,40 o hilo multifilamento del 0,22 al 0,24 y rematados en un anzuelo 3/0 de pata corta, vinculado al nailon con unos 10 centímetros de alambre o cable de acero de 40 libras (18 kilos), pues la mordida del pacú no requiere más que un cortísimo líder.

Como se trata de un curso angosto, y la modalidad elegida fue “al golpe”, utilizamos encarnes de bolitas de masa en aparejos sin lastre, aprovechando el peso del preparado para lanzar. Esta técnica consiste en ir arrojando los cebos hacia las márgenes con precisión, para que caigan bien cerca de la costa con la naturalidad de un pequeño fruto, baya, drupa o semilla que se desprende desde la vegetación orillera. Los reeles frontales tienen mejor desempeño, máxime cuando se arrojan encarnes chicos o muy livianos.

La pesca, luego del lance, continúa dejando bajar o derivar un poco el engaño con el reel trabado y sin perder el control y el contacto con el cebo. Es decir, recogiendo el nailon que pueda haber quedado flojo después del lance parabólico. Y si no hay ataque, recoger rápido y armar un nuevo tiro sin interferir con los lances y trayectorias de los compañeros de pesca. Es una modalidad muy activa y de mucha justeza, que exige destreza y concentración.

Y llegaron los piques

Hubo algunos mordiscones en las bolitas hasta que fuimos dando con piques certeros, y así concretamos capturas de pacúes de porte mediano muy batalladores. La variedad de masas a emplear es muy amplia, y como dice el refrán, “cada maestrito con su librito”.

En nuestro caso, estaba así elaborada: 1 kilo de harina común, 1 sobre de jugo de naranja en polvo, 1 sobre de jugo de frutilla o mango en polvo, un chorro generoso de esencia de vainilla y agua hasta hacer una masa homogénea y moldeable. Se preparan bolitas del tamaño de un kinoto y se les da un golpe de hervor para que tomen consistencia. Luego se las retira del agua hirviendo, se las rocía con más esencia de vainilla y se las mantiene dentro de una bolsa de nailon cerrada para que no pierdan humedad.
El pacú es omnívoro y se lo puede tentar con infinidad de otras carnadas, sobre todo si se lo pesca a la espera o gareteando, ya que no todas –por forma o peso– sirven para pescar al golpe. Las posibilidades de cebo abarcan salame en daditos, panceta, corazón, grasa vacuna, granos de maíz remojado, kinotos, mondongo, queso, trozos o cáscaras de frutas, pan con mostaza y otras, además de las masas de harina de maíz, de trigo o mixtas.
Fondeados en estos mismos pesqueros buscando ejemplares de pacú más grandes y con encarnes de corazón en los mismos aparejos, pero lastrados con plomitos pasantes, terminamos capturando bogas muy interesantes. Para esta pesca –con embarcación fondeada– el empleo de reeles rotativos resulta más cómodo y adecuado.
Siempre en la búsqueda, nos desplazamos hasta la productiva zona del Garabatal. Allí seguimos actuando con aparejos de fondo y distintos cebos hasta que notamos que en nuestra orilla, prácticamente donde estábamos amarrados, se movían las ramas sumergidas como si alguien las tironeara de abajo.
¡Los pacúes estaban ramoneando a nuestros pies! Nos soltamos y sin encender el fuera de borda, con el motor eléctrico nos alejamos un poco y empezamos a lanzar al golpe contra la ribera en todo el sector.

También en fly cast

El pacú, pez de hábitos gregarios, estaba acardumado y pastoreando toda esa costa. En vista de que los piques se daban prácticamente sobre la caída de la masa, resolvimos armar las cañas de fly cast. Y con líneas de flote empezamos a lanzar una singular mosca que denominamos “Boli Plop”, en alusión a su forma y al sonido que hace al caer al agua. Consta de una cuenta plástica grande enhebrada en un anzuelo N° 3/0 de pata media, a la que se le puede adicionar un hackle o una pequeña colita de marabou, pero que sola y pelada también anda muy bien.
La mordida del pacú es enérgica, firme y consistente. Y por estar acostumbrado a morder y romper semillas y frutos duros, no se desalienta al sentir la rigidez del plástico, con lo cual le clava los dientes con ganas. Esa determinación al morder, sumado a que posee una boca de interior blando, da muchas chances de clavarlo con este tipo de engaño, que más de un atador preciosista descalificaría.

A su favor podemos decir que funciona muy bien, es fácil de hacer y efectivo. Pelear con un pacú contra las ramas de la orilla con una caña de mosca es una experiencia altamente recomendable y peligrosamente adictiva. Casi, casi, un camino sin retorno.

 

 

Nota publicada en la edición 482 de Weekend, noviembre de 2012. Si querés adquirir el ejemplar, llamá al Tel.: (011) 4341-8900. Para suscribirte a la revista y recibirla sin cargo en tu domicilio, clickeá aquí.

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