Tras los rastros de una presa, destreza de cazador

Cazar no es un arte sencillo, apretar el gatillo en el momento justo, utilizar el calibre adecuado, son algunas de las destrezas necesarias. Galería de imágenes.

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La captura y devolución es una acción sublime que se alcanza en la pesca, y de esa manera la actividad puede desarrollarse continuamente sin detrimento de las especies. En cambio, en la caza mayor la muerte del animal es el corolario inherente del acto venatorio.

Ello confiere una nota de dramatismo que impone al cazador determinados comportamientos. Uno de ellos, que no constituye el eje de esta nota y merece por su contenido ético ser tema específico de otra, es la actitud de mesura y respeto que debe observarse en presencia de la presa cobrada.

El mismo imperativo ético debe impelernos a cumplir determinadas acciones: 1) identificación del animal para evitar disparos accidentales sobre otros que no sean los que pretendemos; 2) miras calibradas, calibres adecuados, apoyo del arma y adquisición sin duda del punto de disparo para optimizar la posibilidad de lograr una muerte instantánea; 3) ante la eventualidad siempre presente de que el animal huya herido, su búsqueda, que sólo cesará ante la convicción de que el mismo no puede ser hallado por no haber sido mortal la lesión infligida.

Salvo lo expuesto en el punto 2), en el resto de las conductas descriptas resulta esencial la interpretación de huellas y rastros, como asimismo de ciertas señales que proveen información al cazador.

Significados distintos

Aun siendo huellas y rastros ambos vocablos sinónimos, vamos a introducir una sutil y arbitraria diferenciación para referirnos a significados distintos. Una huella es la marca que deja en la tierra el pie de una persona o de un animal. La forma o diseño de la huella revela la especie, el tamaño, la identificación de un animal en particular, la reciente o mediata presencia. El rastro es el conjunto de señales que dejan los animales y que no son huellas o pisadas.

Rastros son las pasadas, el barro con o sin pelo en los alambres, el barro seco que dejan los suidos en la corteza al rascarse, los revolcaderos, las ramas rotas por los ciervos al restregar su cornamenta, las deposiciones fecales, los sonidos (brama, bufidos, etc.). La combinación de huellas y rastros permite comprobar la existencia de animales de caza en el área, requisito esencial al cual se encuentra unida nuestra permanencia en el campo.

La posibilidad de cazar un buen padrillo o un ciervo aumenta y se encuentra estrecha –pero no indefectiblemente– vinculada con la existencia de huellas y rastros. La habilidad para interpretarlos se aprende en la medida que el cazador sea curioso y sepa escuchar. Las vacas, ovejas, cabras, los ciervos y jabalíes son ungulados artiodáctilos (paradigitados o de uñas pares), es decir, animales que se apoyan sobre dos dedos revestidos de uñas.

En un campo con tránsito de animales domésticos y silvestres, al cazador novel le resultará difícil distinguir las huellas de novillos, ovejas, jabalíes o ciervos, más si ellas aparecen desdibujadas por el viento en pisos secos o superpuestas en los barrizales.

De mucho servirá la lectura de la gente del lugar, habituada a diferenciar una huella de otra por confrontación de las habituales de bovinos y ovinos, con los recorridos erráticos de las especies silvestres, que precisamente por ello llaman la atención. Útil resultará recorrer y observar los charcos sin acceso de los planteles domésticos, pues en ellos encontrará la impresión que se busca, la de la pata del jabalí o del ciervo y, de esa manera, por eliminación se descartará la huella del novillo, y sólo restará identificar y distinguir las huellas de jabalíes y ciervos.

Otros datos precisos

Fácil serán las de un ciervo capital, pero no tanto las de una cierva joven, que en suelos polvorientos suelen confundirse con las de un suido adulto. Ahora bien, si sigue una huella difusa hasta un alambrado, allí se despejará la incógnita, ya que un cérvido adulto lo salta y en cambio el padrillo lo pasa por debajo del último hilo.

Si el movimiento es constante de un lugar a otro, por ejemplo del monte a los sembrados o a las aguadas, las pasadas por debajo de los alambrados no variarán hasta labrarse algo así como una zanja, puliendo casi hasta el brillo el alambre frotado por la dura pelambrera. Una vez que haya aprendido a diferenciar las huellas de jabalíes y ciervos, por comparación se llegará a distinguir la de los potenciales trofeos de los animales que se deberán desdeñar por sexo o edad.

Comparaciones útiles

Dos posibilidades a tener en cuenta. La primera es observar minuciosamente la impronta del animal cobrado y medirlo por comparación con un objeto de uso cotidiano: un cartucho, una navaja o, simplemente, la mano. De esta manera se obtendrá un patrón que permitirá determinar la importancia de otra huella que se encuentre en una nueva excursión.

Otra manera muy útil de asimilar conocimientos es mediante el avistaje accidental de animales silvestres. Si en las recorridas se tiene la oportunidad de ver la fugaz imagen de un jabalí o ciervo, debemos ir hasta el lugar por donde pasó para contemplar y medir las huellas, tratando de vincular el volumen corporal con el tamaño de la pisada. De esta manera sabremos cómo es una huella fresca y la importancia de su autor.

Cierto es que el reconocimiento del origen y antigüedad de una huella es un arte impreciso e inextricable que no tiene fin, sólo el acopio de conocimientos y experiencias reduce el inconmensurable margen de error. Aun con una acertada identificación del trofeo presunto, la imprevisibilidad de su conducta agrega el ingrediente necesario en el acto venatorio. La pizca de azar y el esmero del cazador completarán el plexo de condiciones a reunir para obtener la palma de nuestro esfuerzo.

Reconocer huellas para comprobar que nuestras caminatas o nuestros emplazamientos en los charcos tendrán posibilidades no es tarea menor. Pero ocurre que, en ocasiones, por más que hayamos extremado los recaudos necesarios para efectuar un disparo que estimamos seguro y certero, un movimiento inoportuno del animal impedirá que el proyectil impacte en la zona de “muerte instantánea”, y en estos casos es donde cobra importancia vital el arte del rastreo.

Protocolos de rastreo

De acuerdo con la importancia de la lesión ocasionada encontraremos al animal en un rango de distancia que podrá variar de los 50 m a los 5 km. Pues bien, si el animal recibió el impacto y huyó, procederemos a cumplir un “protocolo” de rastreo inexcusable, ya sea para rematar e impedir de esa manera la agonía, y también para cumplir con el imperativo venatorio de consumir lo que se caza, ya que no se mata solo para exhibir cuernos y colmillos, sino para deleitarnos con los apetecidos cortes de las reses salvajes.

Las señales del impacto proporcionan la primera información acerca de los efectos del disparo. Pueden ser auditivas o visuales. La experiencia nutre, y tal es así que con el tiempo un disparo certero se percibe casi encima de la detonación en la forma de un sonido grave, como el de un golpe propinado con un objeto contundente sobre carne, es el comúnmente denominado “bolsazo”. Pero no ocurre de manera taxativa ni es sinónimo de muerte instantánea, ya que en ocasiones el animal se desploma muerto sin que lo escuchemos y, en otras, lo oímos y huye.

Otro importante es el comportamiento del animal al recibir el impacto, visible a través del visor en una fracción de segundo. De noche es difícil percibirlo por el fogonazo del disparo que enceguece momentáneamente. Un impacto torácico en un cérvido produce el efecto de que se levante sobre sus patas.

En cambio, si el proyectil ingresa en la parte abdominal media o posterior, hará que se levante sobre sus manos coceando. Si salta con las cuatro extremidades rígidas y el lomo arqueado, denotará una lesión cardíaca; mientras que si únicamente arquea el lomo, la herida será en la región abdominal anterior.

Claro es que son movimientos reflejos que no indican de manera concluyente en qué parte de la anatomía ingresó el proyectil, pero junto al sonido del impacto suministrará al cazador un primer indicio: el animal ha sido alcanzado en un sector de su cuerpo que permitirá determinar la gravedad de la lesión y la distancia que podrá recorrer herido.

Pues bien, el animal fue impactado y huyó, paso seguido es contener la ansiedad y quedarnos en el sitio en que efectuamos el disparo escuchando. Los signos auditivos son importantes, pues la presa que patalea en el monte o corre atropellando la vegetación en lugar de eludirla se encuentra gravemente herida y la distancia para encontrarla no será muy extensa.

Útiles también son los sonidos que emite el animal al ser herido: quejidos, rezongos o toces inusuales revelan impactos pulmonares por brusca descompresión del órgano. El intervalo entre el disparo y la búsqueda obedece a razones de prudencia, ya que un animal agonizante en las inmediaciones puede conservar fuerzas para reaccionar y causarnos ingentes lesiones.

El comienzo del rastreo

Se inicia desde el lugar donde se encontraba cuando efectuamos el disparo, y resulta fácilmente identificable por la tierra removida con la violencia del arranque. Si hay sangre, la tarea se facilita pues todo se reducirá a seguir las salpicaduras. Si la sangre es oscura y en poca cantidad, la herida puede no ser mortal. Si, en cambio, es clara, denota herida en los pulmones. A los pocos metros la encontraremos rociada en forma de spray en los arbustos, y no muy lejos a la pieza muerta.

Muchos impactos no producen hemorragias y el cazador inexperto presume de inmediato que erró el disparo y no inicia el rastreo. La búsqueda se debe hacer siempre. He cazado unos cuantos padrillos que aparecieron muertos a más de 100 m del lugar en que recibieron el proyectil, sin hallar una sola gota de sangre. Cuando las señales de sangrado son insignificantes, el goteo aparece muy separado y el piso no ayuda para encontrar pisadas en la oscuridad, conviene seguir un método de búsqueda que comienza por no pisotear demasiado el lugar, marcar el lugar de partida, por ejemplo con un trozo de papel blanco, y así sucesivamente en cada lugar en que encontremos señales del paso de la presa herida para conformar un itinerario. Si nos desorientamos, con sólo mirar detrás y visualizar las marcas obtendremos una probable dirección hacia adelante que facilitará hallar el siguiente rastro.

Buenas linternas nos permitirán encontrar la gota de sangre minúscula sobre una hoja, o la rama partida o embebida en sangre. Conviene rastrear de a dos personas, llevando uno la delantera y conservando el otro el rumbo que se va trazando en el monte. Si durante la búsqueda se oyen sonidos del animal herido debemos suspenderla y regresar con perros o durante el día para evitar accidentes.

 

 

 

Nota publicada en la edición 482 de Weekend, noviembre de 2012. Si querés adquirir el ejemplar, llamá al Tel.: (011) 4341-8900. Para suscribirte a la revista y recibirla sin cargo en tu domicilio, clickeá aquí.

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