Jamaica: una tierra que ofrece más que playas

La isla caribeña contiene belleza más allá de sus delicadas playas, es un país que florece por el calor de su gente y sus costumbres. Galería de imágenes.

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Ieamon!”, me dijo sin preguntar nada y no supe qué responderle porque no le entendí. El hombre controlaba los tickets de equipaje en el aeropuerto de Montego Bay. Era mulato, zambo o negro –una sutileza semántica para una misma escala cromática–, como casi el 90 % de los habitantes de Jamaica, pero cordial y con un inglés muy cerrado, también como casi todos (Jamaica es el tercer país de habla inglesa más poblado de América).

Fue mi primer contacto con la gente de la isla. Aunque enseguida vino otro: una música esponjosa que sonaba ni bien traspasé el aeropuerto. Alguien atinó: “Es mento”, un tradicional género musical jamaiquino, precursor del ska y el reggae, interpretado por dos hombres de difícil edad y que fotográficamente no tenían desperdicio: uno, gorro tubular de lana multicolor, camisa floreada, ojotas flúo y banjo en mano.

El otro, gorra tipo Che Guevara, barba blanca, pantalones bombilla tres cuarto y mirada sin mirar, sentado sobre una caja que algunos llaman marímbula, otros boombox, y que en definitiva es un cajón artesanal con un agujero frontal y cuatro chapas que ofician de teclas y reemplazan al sonido del bajo. Dos primeras vivencias que se repetirían a lo largo de mi estadía en la isla, y que no serían las únicas, porque enseguida vinieron otras.

El volante a la derecha, por ejemplo, fue una aventura en sí misma. Herencia inglesa (Jamaica dejó de ser colonia británica en 1962), aunque con carteles de distancia expresados en kilómetros, no en millas. Una mezcla tan rara como la economía, cuyos ingresos provienen de un portfolio que une el turismo con la caña de azúcar, el reggae con la bauxita (aluminio), y el café, la banana y el tabaco con la pimienta.

Los menúes de los restaurantes no son menos complicados: los chefs proponen surf & turf, un mix de pescado y carne en un mismo plato, bastante picante, por cierto. Es que, en realidad, toda la cultura jamaiquina es producto de una rara mezcla de razas, que comenzó con los indios taínos, le siguieron los colonizadores españoles, los evangelizadores ingleses, los esclavos africanos y, desde no hace demasiados años, los hindúes y chinos.

Idioma para expertos

Sin duda, el crisol cosmopolita logró identidad propia, y hasta un dialecto particular, como el patois (se pronuncia “patuá”): mezcla de inglés antiguo con lenguas africanas, francesas y vaya a saber uno cuáles más, y que cuando lo hablan tiene una musicalidad preciosa pero una interpretación ininteligible.

Como tenía hotel en Ocho Ríos –la isla está dividida en 3 condados y 14 barrios–, recorrí los casi 100 km de la carretera A1 que corre paralela al mar con todos las precauciones de transitar por la izquierda y tomar las rotondas al revés de lo acostumbrado en la Argentina. Es una de las mejores maneras de conocer Jamaica.

Preguntando y con los cuidados del caso, uno puede inmiscuirse por ciertos barrios, detenerse en las coloridas ferias, ser perseguido por ávidos vendedores de artesanías, regatear obligatoriamente el precio de cualquier recuerdo, y aprender en la primera compra que uno abona en dólares estadounidenses pero el vuelto es en dólares jamaiquinos. No es viveza criolla, es usanza.

En esos lugares se consiguen a buen precio el ron Appelton, los condimentos picantes (allspice), el café Blue Mountain, la cerveza Red Stripe y los habanos Macanudo. Obsequios de marcas representativas para saldar deudas a nuestro regreso. La marihuana está prohibida por ley, y la excusa de hacerse pasar por rastafari o cantante relajado de reggae es un viejo truco que –aseguran– no surte efecto ante la policía, por lo que la creencia del consumo libre muy arraigada en los turistas es solo un mito que termina en la cárcel.

Ahora bien: quien piensa en Jamaica para vacacionar es porque busca aguas cálidas, cristalinas y buenas playas. Dicen que en 1494 Colón sintetizó en su diario de a bordo casi lo mismo: “La tierra más hermosa que jamás se haya visto…”, y que años más tarde utilizó la isla como un miniestado para su familia hasta que los ataques de piratas, corsarios y bucaneros lo obligaron a abandonarla.

Verdad o leyenda, por esta época dos millones de turistas visitan Jamaica año a año, atraídos por los hoteles all inclusive que tientan al huésped con todo lo propio del servicio, incluido las playas privadas con el mar planchado como si la palabra viento no existiera en el diccionario; las fiestas y cenas en la arena, los shows musicales en vivo al amparo de las bebidas típicas con la luna reflejada en el mar.

Y ciertos vestigios de las películas de James Bond, cuyo autor –Ian Fleming– escribió algunos guiones –Golden Eye y MoonRaker, entre otros– en su casa sobre la costa (se puede visitar), ubicada a 20 minutos de Ocho Ríos.

Propuestas de aventura

La diferencia con otras islas del Caribe es que Jamaica impone desde los lobbys de los hoteles –y para quienes buscan algo más que relax– una cuota de aventura hiperkinética, porque abundan los folletos para una excursión inmediata: cabalgatas en el mar, natación con delfines, show de tiburones, lanchas de alta velocidad (425 HP) que hacen piruetas sobre el agua, ascensos en trekking por la cascada River Dunn de 183 m de altura, travesías en buggys, 4×4 o mountain bike; bobsled en Mystic Mountain (una montaña rusa de 213 m de desnivel y 1.000 m de longitud que corre entre la jungla), varias cavernas subterráneas para explorar (Green Grotto Caves es una de las más populares), kayaks en aguas rápidas (nivel I a IV); paseos en camello con observación de flora y fauna; surf, windsurf, buceo, canopy de 487 m de longitud. Y, como no podía faltar, paseos en catamarán y pesca embarcada en mar abierto (ver nota en página 90 de esta edición). Todo lo suficientemente cerca como para tentarse con facilidad.

Manual de idiosincracia

Tras varios días de convivencia, alcancé a comprender muchas cosas de la identidad de la isla. Los jamaiquinos son amistosos, muuuy tranquilos, dueños de un humor seco, reticente y legendario; pertinaces en sostener sus opiniones, buenos para mantener el ritmo de cualquier música; aman correr, jugar al cricket, y entre ellos muchas veces hablan en un tono de voz tan alto que parece rozar la riña, pero que no tiene nada que ver con la pelea.

Finalmente, también descrifé que el “ieamon” con que me recibió el hombre de las valijas el primer día en el aeropuerto, en realidad era un “¡Yeah man!”, frase en inglés con múltiples acepciones según la ocasión: hola, chau, ok, tranquilo, pasala bien, nos vemos… Y que para rematarla con simpatía hay que apretar el puño y extender los dedos pulgar y meñique, al tiempo que se mueve la mano para un lado y el otro. Eso les gusta, cae bien y es símbolo de amistad perdurable, como la que ellos mismos propician.

 

 

Nota publicada en la edición 482 de Weekend, noviembre de 2012. Si querés adquirir el ejemplar, llamá al Tel.: (011) 4341-8900. Para suscribirte a la revista y recibirla sin cargo en tu domicilio, clickeá aquí.

 

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