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Solo a los castillos de Pincheira

Cerca de Malargüe, Mendoza, se encuentran los Castillos de Pincheira, una serie de cuevas donde solían refugiarse estos bandidos chilenos.
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Mis destinos me enfrentan a veces a algunas disyuntivas. Una de ellas fueron los Castillos de Pincheira, a 28 km de Malargüe, en Mendoza. Manejaba dos opciones: alquilar una cabaña en la ciudad y pedalear con la bici equipada con alforjas, o ir en coche y acampar en el camping que se encuentra al pie de la formación rocosa.

Opté por la segunda alternativa, ya que prefería tener la bici liviana y ágil. Aparte, no quería comerme la piernas en el camino, lo que me daría resto físico para cascotearme tranquilo. El camino de ripio se encuentra en excelentes condiciones y el camping “Castillos de Pincheira” me sorprendió por sus servicios.

Como si fuera poco, Víctor, el encargado del camping, resultó ser otro fanático del mountain bike y me marcó gran cantidad de recorridos. Frente al mismo establecimiento se ve el macizo de formas tan particulares que está catalogado como reserva natural.

Estas formaciones de origen volcánico y desgastadas por el viento Zonda fueron utilizadas por los aborígenes pehuenches con fines defensivos, y también por la famosa banda de los Hermanos Pincheira, oriundos de Chile, que asoló durante más de quince años toda la zona de Cuyo, llegando incluso hasta la provincia de Buenos Aires.

Una de las historias relata que ellos escondían parte de los botines en algunas de las numerosas cuevas (más info en: www.luisvargas.5u.com/believes/008_los_pincheira.htm).

Un sendero se dirige hacia dicha formación, pero primero viene un divertido puente colgante por el que no pueden transitar más de dos personas a la vez. Los 2 km que restan hasta la cueva más cercana son de vegetación baja, espinosa e iba zigzagueando por el piso de arenisca.

Pero la pendiente se hace notar y es determinante la técnica para trepar (ver “Subida…”). Como las leyes de la física son inquebrantables, llegó un momento en que ya era imposible avanzar: desmonté y seguí a pie empujando la bici. Duro. ¡Durísimo!

Tras recorrer el lugar, efectué un trekking hacia el techo de la formación, unos 60 m más arriba y desde donde pude apreciar todo el valle del río Malargüe. Luego descendí. La bajada es técnica al principio, y prácticamente iba rozando el codo con la montaña, pero del otro lado la pendiente se vuelve más que importante.

La frase de “nudo en el estómago” iba perfectamente con el momento. Así bajé hasta el tramo que tanto me hizo transpirar a la ida, y que fue un flash: a más 35 km/h, derrapando y esquivando las matas de coirones en instantes llegué al puente colgante.

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Un almuerzo ligero y seguí costeando el río Malargüe hasta la confluencia con el arroyo Negro. Ya en un camino de ripio, enfilé trepadas interminables con rumbo oeste hasta la mina La Valenciana.

Como siempre, el camino marcado me aburría y al ver una senda que se perdía en un faldeo opté por más rock’n roll. Terreno polvoriento que se veía prometedor y doloroso.

Preparé mi Mérida: bloqueé la suspensión delantera –para que no se “hundiera”– y gradué la suspensión trasera para que amortiguara muy poco, pero que no saltara y traccionara mejor. La teoría ya estaba.

Ahora, a trepar. La senda no tenía una inclinación exagerada pero era eterna. Levantaba la vista y no veía una sola parte plana. En una curva visualicé el camino de ripio: noté la altura que iba ganando… ¡y la fuerza que había perdido!

A los acostumbrados al llano estos terrenos nos comen vivos, por lo que regulé el ritmo y seguí trepando. Pero llegó un momento en que los oídos me empezaron a zumbar, por lo que me obligué a una parada. Elongué, y mientras comía unos cereales me senté en una piedra a admirar el paisaje y el silencio.

La vista se me iba a lo lejos, donde el río Malargue se pierde en la cordillera, pero al mirar más cerca de mis zapatillas me quedé helado: ahí nomás había un gran fósil de un amonite, un crustáceo marino que hacía millones de años que estaba ahí, y por el hecho casual de mi parada lo había encontrado.

Un tema es verlo en un museo, pero otra admirarlo en plena naturaleza. Quedé tan tildado que mi meta de seguir trepando pasó. Solo noté el paso del tiempo cuando empecé a enfriarme por el viento helado. Como estaba más que satisfecho, me abrigué porque en las bajadas se siente el frío, y retorné.

Bajar la senda fue un cascoteo polvoriento y fugaz. A pesar del viento cruzado, ir a 47 km/h enhebrando curvas con ocasionales saltos en los desniveles es una sensación única, que solo se disfruta con una mountain bike. En la zona llana me comuniqué con el camping. Qué mejor manera de recibirme que con el fuego prendido y el asado marchando.

 

Nota publicada en la edición 481 de Weekend, octubre de 2012. Si querés adquirir el ejemplar, llamá al Tel.: (011) 4341-8900. Para suscribirte a la revista y recibirla sin cargo en tu domicilio, clickeá aquí.

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